¿Tú crees que a Shakira le gusta lo mismo que a Karol G?
- Monserrat Bravo
- 2 mar
- 2 Min. de lectura

Ahí nace uno de los mayores problemas de las empresas: juran que conocen a sus clientes, pero en realidad asumen. Y asumir no es conocer. Asumir es proyectar lo que yo creo sobre alguien que no soy yo.
Muchas organizaciones confunden experiencia con conocimiento. Dicen que conocen a sus clientes porque llevan años atendiéndolos, porque tienen datos, históricos, reportes y porque “siempre se ha hecho así”. Pero nada de eso reemplaza algo básico: escuchar de verdad. La experiencia sin escucha se vuelve rutina; los datos sin comprensión se vuelven excusas para no cambiar.
No voy a olvidar nunca lo que me dijo un cliente. Había tenido un problema serio con su viaje y fui personalmente a visitarlo para pedirle disculpas y tomar los correctivos necesarios. Estaba furioso y, con toda su fuerza —y un vocabulario muy florido— me dijo: “Asumir es la madre de todas las %$#@&…”.
Fue un momento incómodo, fuerte, y decisivo. No estuvo bien la forma en la que se expresó, pero entendí completamente su enojo. Me paré firme, respiré y le respondí mirándolo a los ojos: “Tiene razón. Asumir es la madre de todas las %$#@&…”. En ese instante pasó algo distinto. No se calmó porque yo le pedí perdón; se calmó porque, por primera vez, se sintió realmente escuchado. Desde ese día, se convirtió en uno de mis mejores clientes.
Esa conversación marcó un antes y un después para mí. Entendí que el verdadero cliente no es el que aplaude todo, sino el que te da la retroalimentación real que necesitas para mejorar. El cliente incómodo, el que reclama, el que pone el dedo en la llaga, muchas veces es el que más te enseña. Esa incomodidad —incluso cuando es dura de escuchar— suele ser el punto de partida hacia un servicio de excelencia.
Asumir no es una estrategia. Cuando una empresa asume, decide sin escuchar, diseña sin comprender y ofrece sin conectar. Luego se sorprende cuando el cliente se va, cuando no recompra o cuando habla mal del servicio. El problema no fue el producto ni el precio; fue no haber entendido a la persona que estaba del otro lado.
Por eso es básico —no opcional— saber quién es realmente tu cliente, qué valora, qué le duele, qué espera y qué no está dispuesto a tolerar. No desde la suposición, sino desde la escucha consciente. No desde lo que “creemos” que necesita, sino desde lo que él o ella realmente vive.|
La Experiencia del Cliente no se trata de encuestas bonitas ni de frases inspiradoras en la pared. Se trata de dejar de asumir. De escuchar primero, comprender después y recién ahí conectar decisiones, procesos y servicio con lo que el cliente realmente quiere. Porque Shakira y Karol G no buscan lo mismo. Y tus clientes, tampoco.


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